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jueves, 29 julio, 2021
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    ¡A la mesa!

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    ¿Hasta cuándo machos alfa abusareis de nuestra paciencia? Los derechos de las mujeres decididos por los hombres. “¿Quieren perspectiva de género? Perfecto, pero los varones ponemos los límites”. Uno de los toscos gatopardismo con el que hoy se disfraza el patriarcado. La silencian, no les dan presencialidad ni representación real a las mujeres, como si necesitaran tutores, como si fuesen menores de edad o intelectualmente discapacitadas. La ley Opia que reglamenta cómo deben vestirse las mujeres se promulgó en Roma, en un recinto absolutamente masculino, en el año 215 antes de Cristo. A pesar del tiempo transcurrido ese espíritu opresor sigue vivo, ¡hablan en nombre de nosotras!

    En la mesa de los hombres que nos explican cosas las damnificadas no intervenimos. Pero dicen que luchan por la perspectiva de género, aunque obstaculizan que las mujeres puedan sentarse en la mesa ejecutiva. Como en los concilios católicos o los caballeros de la mesa redonda o el parlamento romano. Inventaban leyes contra las mujeres que se vestían de color púrpura y -en actitud digna de Drag Queen- decidieron que el purpura solo lo podían usar los hombres notables, e impusieron fuertes castigos para las transgresoras. Tal como lo investiga Viviana Kühne en De la mejor manera de ejercitar el poder sobre las mujeres.

    “Si bien las mujeres son el centro de los debates, ellas no desempeñan un papel central. Las mujeres son, por así decirlo, los significantes en exhibición. Las observaciones misóginas, en su doble movimientos de focalizar la atención sobre las mujeres para luego marginalizar su importancia son manipulaciones masculinas. Lo que está en juego es la alianza entre varones, la sociedad de machos, la virilidad. Es un juego de poder entre hombres”, dice Marta Elena Savigliano, en Malevos llorones y percantas retobadas.

    Como sultanes reglamentando sus harenes dicen debatir sobre perspectiva de género. Hoy es políticamente correcto y, en algunos lugares, lo hacen desde la inadecuación absoluta, ni saben de qué se trata: la primera premisa de esa perspectiva es incluir a la mujer en los debates; pero en la mesa de toma de decisiones sobre las mujeres, ¡no hay mujeres! Ni voz ni voto ni un vaso para degustar algunos de esos vinitos vergonzantes, entre tanta agua y gaseosa caretas. Los hombres hablan de sus posesiones y disponen sobre las poseídas. En fin, una asamblea de zorros planificando el gallinero.

    Ocurrió en la comilona totémica originaria (ni una presita para las mujeres); en el testosterónico banquete platónico (la única mujer, Diotima, solo existe en la ficción del narrador); en la última cena apostólica (sin mujeres, no vaya a ser cosa que contaminen al maestro); en el tribunal de la inquisición (con jueces varones que queman mujeres vivas). En algunas de esas juntadas no se trata exclusivamente temas de género, pero en todas se trata de algo que concierne al resto de la población, incluida las mujeres. Es inmoral hablar en nombre de otra persona (cuando esa persona es mayor de edad e intelectualmente lúcida). ¿Negar participación equitativa a las mujeres en ámbitos que les compete? Puro autoritarismo de macho Paredes.

    Ahora bien, ¿se puede discutir seriamente la construcción de una institución sin la participación real de las mujeres?, ¿se puede organizar sanamente la fuerza laboral, creativa, productiva y organizativa privando de presencia a las representantes de más de la mitad de la humanidad? En realidad, se trata de un enfrentamiento entre machos para establecer la supremacía masculina que se desarrolla sobre y a través de las mujeres, pero sin habilitarlas como pares. Esto no es de hoy ni de ayer y nadie sabe quién lo instituyó, pero es así en la vida cotidiana, en lo laboral, en la educación, en lo gremial, en la religión y hasta en la ciencia.

    Mujeres en la ciencia, es un documental (disponible en Netflix) en el que científicas de diferentes edades y etnias exponen los abusos a los que son sometidas por algunos hombres destacados de la comunidad científica. Es inquietante como el prestigio de ciertos investigadores los habilita a meter manos entre las piernas o tocar tetas de alumnas y colegas. Existen universidades y agencias de investigación que tapan los atropellos sexuales de científicos varones de manera similar a la iglesia católica cuando protege pedófilos. En los campus universitarios de EEUU tres de cada cinco mujeres son violadas.

    Detalle del plato dedicado a Virginia Woolf en The Dinner Party

    Las humillaciones sufridas por las científicas semejan las sufridas por la mayoría de las mujeres. Conductoras de TV, actrices, atletas, políticas, estrellas musicales, empleadas, amas de casa. Sherye Crow, que acompañó a Michael Jackson en giras luminosas, sufrió tanto acoso del representante de Jackson que estuvo a punto de abandonar su carrera y, aunque siguió, lleva cicatrices de aquel hostigamiento sin tregua. Pero los hombres se reúnen entre ellos para aplicar “su” propia perspectiva de género. Y la prepotencia es tal que suele llevar a la resbaladiza pendiente de los silenciamientos.

    The Dinner Party es una instalación artística con perspectiva de género. Pionera. Su autora, Judy Chicago, concibió el reverso de los banquetes masculinos. Se trata de una mesa triangular destinada a ser utilizada simbólicamente por mujeres, data de la década de 1970. El triángulo connota la vulva. Algunos feminismos utilizan el triángulo como símbolo -es debatible porque las mujeres con pene se sienten excluidas- pero es preciso visualizar la vagina. Cada lado del triángulo mide unos quince metros y alberga trece cubiertos. ¿El total?, treinta y nueve espacios asignados a mujeres míticas o históricas. Los platos son de porcelana y contienen bellas vulvas de ribetes dorados, plateados, malva, magenta, tornasolado. Dos mil azulejos triangulares blancos forman la mesa, con los nombres de 9999 mujeres cuyas acciones reivindican el género. Pertenece al patrimonio del Brooklyn Museum, y continúa vigente como activador de derechos frente al machismo. Ese sistema inmanente que constantemente desplaza sus límites y vuelve a encontrarse con ellos a escala ampliada, ya que el límite es fijado por el propio patriarcado. A la bravuconada de excluir a la mujer de sus decisiones se le responde con Ther Dinner Party, el banquete alegre de vulvas empoderadas, enjoyadas, aguerridas, coloridas, inquietantes, casi florales.

    Fuente: página 12

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