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lunes, 27 septiembre, 2021
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    -El patriarcado en campaña: la nueva inquisición mediática contra “esas mujeres”

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    Los recientes acontecimientos asociados al sintagma “escándalo sexual” esgrimido por el Diputado nacional —también candidato a renovar banca— de Juntos (por el Cambio), Fernando Iglesias, para calificar las reuniones que mantuvieron Florencia Peña y otras personalidades en Olivos, actualizan una memoria discursiva —patriarcal y antiperonista— que no ha parado de reiterarse.

    “Me permito decir que estos escándalos sexuales solo estuvieron durante los gobiernos de Juan Domingo Perón, Carlos Saúl Menem y ahora Alberto Fernández. Una cosa es tu vida privada pero la residencia presidencial es la residencia presidencial“, había dicho el diputado.

    Desde los medios masivos de comunicación y las redes sociales, los “inquisidores modernos”, no dejamos de leer y escuchar discursos que califican (y descalifican) voces, a algunas con más ahínco y crueldad que a otras. Florencia Peña no fue la única personalidad del espectáculo que visitó la quinta presidencial (también tuvieron su reunión presidencial Carlos Rottemberg y Luis Brandoni, entre otres). Ni tampoco las visitas a la Casa quinta presidencial son exclusivas de los gobiernos peronistas —recordemos los mitin de empresarios durante el macrismo, para poner sólo un ejemplo—. Sin embargo, la estigmatización recae —como casi siempre— en hombros feministas, nacionales y populares.

    Mas allá de la salida “punitivista”, necesaria también para poner cierto freno y al menos construir un discurso aleccionador al respecto, sigue siendo imperativo ético y político preguntarse por las condiciones materiales y simbólicas que habilitan y son terreno fértil de discursos de odio y discriminación hacia las mujeres y diversidades.

    No es la primera vez que una mujer es socialmente castigada por trasgredir el estrecho marco del mundo domestico-privado, exclusivamente reservado para nosotras. Tampoco es la primera vez que dicho castigo y estigmatización resultan asociados a preferencias sexuales calificadas como “inmorales”. Así sucedió con Evita, respecto de quien el escritor Ezequiel Martínez Estrada no se privó de decir: “Esta mujer tenía no sólo la desvergüenza de la mujer pública en la cama, sino la intrepidez de la mujer pública en el escenario (…) una farsante capaz de representar cualquier papel, incluso el de dama honorable (…)”. También sucedió y sucede con Cristina. Recordemos la famosa tapa de la revista Noticias donde se la representaba en su sexualidad deseante, tanto en la imagen como en el texto, que titulaba: “El goce de Cristina”, como algo malo, por supuesto, y antitético a lo político. Podríamos seguir con más ejemplos, de estas y otras mujeres, interminables.

    Es el otro, o mejor dicho, la otra que hay que expulsar en pos de la pureza y salvaguardia de la sociedad (patriarcal y colonial).

    Género y colonialidad del poder

    Cuando hablamos de las mujeres y del poder (o su falta de) tenemos que hacerlo en su integralidad, esto es, no podemos sólo detenernos en una cuestión genérica-sexual. Los problemas del poder y su desigual distribución nos llevan a pensar los distintos factores que se entrelazan y contribuyen a esta mala distribución para unes, y muy buena distribución para otros —así, en masculino—.

    La cuestión de género es también una cuestión racial y de economía política. Como lo manifiesta la antropóloga feminista Rita Segato: “la colonización trae consigo una pérdida radical del poder político de las mujeres, allí donde existía, mientras que los colonizadores negociaron con ciertas estructuras masculinas o las inventaron, con el fin de lograr aliados, promoviendo la ´domesticación´ de las mujeres y su mayor distancia y sujeción para facilitar la empresa colonial”. De esta forma, con la emergencia de la grilla universal moderna, de la que emanan el Estado, la política, los derechos y la ciencia, tanto la esfera doméstica como la mujer, que la habita, se transforman en meros “restos”, al margen de los asuntos considerados de relevancia universal y perspectiva neutra. De aquí que las mujeres que hagan caso omiso a esa diferenciación sean sucias, repulsivas, pues su sola inmersión en el universo de lo público es un cuestionamiento al orden social dominante.

    Los discursos fundadores

    Al comienzo hablábamos de memorias discursivas. Con este término Jean-Jacques Courtine, analista del discurso político de origen francés, refiere a grandes rasgos a los discursos del pasado que se actualizan en la enunciación presente. En este sentido, cualquier pieza discursiva goza de una heterogeneidad —ideológica— constitutiva que la trasciende.

    Bajándolo al llano, cuando leemos y escuchamos discursos que demonizan a la mujer deseante y política se actualizan los discursos del pasado, y no de cualquier pasado. Estamos hablando nada más ni nada menos que de la Inquisición.

    La introducción del Santo Oficio de la Inquisición en América se produjo en 1569, y determinó la creación de los tribunales Lima, México y posteriormente, Cartagena de Indias. La persecución de la “herejía” en el espacio americano significó la puesta en vigencia de nuevas formas de control sobre la población cuyo eje central era el lugar peligroso de la mujer al verla en tanto ser perverso, inferior y demoníaco. 

    En términos de la historiadora cordobesa Jaqueline Vasallo, los propios fundadores del pensamiento cristiano: Agustín de Hipona, Jerónimo —obispo de Milán— y Tomás de Aquino habían responsabilizado a la mujer por el arribo del “mal” al mundo terreno (a través del ya conocido pasaje de Eva, la manzana y la serpiente), llegando a identificar al pecado original con la mujer y el sexo. Vieron en ella, un ser “manchado” y de “peligrosa” sexualidad; sólo María, la madre de Jesús, había logrado sortear la “impureza” que afectaba al género entero desde que se pronunció la maldición divina. La figura de María Magdalena, se utilizó, en ese sentido, como contrapunto para condenar el sexo, el uso de joyas, vestidos y el cuidado personal.

    El Malleus Maleficarum y el Manual del Inquisidor fueron escritos con el objetivo de allanar la tarea de los funcionarios inquisitoriales, todos unidos por el combate de la heterodoxia, para poder llevar adelante con éxito la práctica judicial inquisitorial. Fue un instrumento que legitimó teológica y legalmente la persecución de las mujeres, quienes a partir de este tratado fueron asociadas definitivamente a la brujería. El Malleus, si bien no contribuyó a ampliar las ideas existentes en Europa sobre las brujas, se caracterizó por una excesiva insistencia misógina en la exclusiva capacidad de las mujeres para el “crimen”, incluidos los de índole sexual, como organizar orgías e inducir a los hombres a un amor “pecaminoso”. La maldad en las mujeres, por tanto, se encuentra discursiva e ideológicamente asociada a delitos del “cuerpo”: aborto, adulterio, prostitución, infanticidio comprendían el principal catálogo de la delincuencia femenina.
    Una política feminista, más allá de oponerse formalmente a las falsas acusaciones e injurias machistas como lo hace el proyecto de resolución presentado por varias diputadas nacionales, tiene que tomarlas en su positividad, recuperando el poder creativo y creador del deseo y del goce, de la putez sin más, para así poder romper la relación antitética que el discurso dominante construye entre ambas esferas y abolir definitivamente las cadenas de género, raza y clase que nos oprimen desde hace mucho tiempo ya.



    . Somos políticas y putas, ¿y qué? Esa es la cuestión.

     

    *Florencia Greco es doctora en Ciencias Sociales y directora del Departamento de Humanidades del Instituto Universitario Nacional de Derechos Humanos “Madres de Plaza Mayo”

     

    fuente:https://plazarevista.com.ar/

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