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sábado, 22 junio, 2024
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    El texto que escribió Borges tras la victoria de Alfonsín, a cuarenta años de las elecciones de 1983

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    El 22 de diciembre de 1983, la democracia tenía apenas doce días de vida, tras el fin de la dictadura más atroz de la historia argentina. Sin embargo, en ese puñado de días, Raúl Alfonsín había encarado una serie de decisiones sin antecedentes en el país y que ayudaron solidificar el naciente Estado de derecho: la anulación de la autoamnistía militar, el procesamiento de las tres primeras juntas de la dictadura y la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.

    Aquel jueves, los lectores del diario Clarín se encontraron con un texto que dos días más tarde sería reproducido en ABC de Madrid. “El último domingo de octubre” es la reflexión de Jorge Luis Borges sobre las elecciones de hace exactos cuarenta años. Conservador y crítico declarado del peronismo y de la izquierda, el escritor trazó su autocrítica a los 84 años, en la etapa final de su vida, marcada por su firma a la primera solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, en 1980. A partir de ese momento acentuó sus críticas al régimen del 24 de marzo en un recorrido que llegó a su punto culminante con su presencia en el Juicio a las Juntas, experiencia que plasmó en “Lunes, 22 de julio de 1985”.

    Sin dejar de marcar la violencia política previa al golpe de 1976, el autor de Ficciones mostró su perplejidad ante el “extraño espectáculo” que se abría para la sociedad argentina.

    El último domingo de octubre

    Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Espléndida y asombrosamente. Mi Utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin Estado o con un mínimo de Estado, pero entiendo, no sin tristeza, que esa Utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo podremos prescindir de la justicia, de los códigos y de los gobiernos. Por ahora son males necesarios.

    Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección. La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla obstinada. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y de las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la historia. Sé, harto bien, que este catálogo es incompleto.

    Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un gobierno puede ser incapaz de resolver. Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos.

    Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza. Habrá una oposición. Renacerá en esta república esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a la merced de una bruma de generales.

    La esperanza, que era casi imposible hace días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria.

    Fuente: Pagina 12

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