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domingo, 25 febrero, 2024
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    Frente al neofascismo no hay duda posible

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    Nota de opinión por: Eduardo Aliverti

    Quizás la juntada en Tucumán haya sido, por fin, el relanzamiento de la campaña peronista. Pero, igual, podría afirmarse que la política argentina vive un momento lisérgico.

    El candidato oficialista, quien estaba solo de casi toda soledad a la espera de que en Unión por la Patria hubiera alguna disposición a acompañarlo, es ministro de Economía en medio de una inflación que él mismo, Sergio Massa, anticipó respecto de agosto como “la peor de los últimos 25 años”.

    La contendiente cambiemita, Patricia Bullrich, notificó un futuro holístico que dejó sin palabras a su entrevistador y al órgano multimediático que ya no sabe qué hacer para disimular sus dislates. Presentó para lo económico a un arrabalero simpático, quien estará preguntándose qué hizo para merecer esto justo cuando su real o presunta imagen de seriedad académica -o algo así- debería jugarle beneficiosamente.

    Y el ganador de las PASO entró a una instancia ¿rarísima?, en la que su tropa se encarga de contradecirlo.

    Lo asombroso no consiste en que todos los economistas de Javier Milei se enciman unos a otros, previniendo sobre lo imposible de la dolarización. Tampoco sorprende que el resto de sus propuestas más estrafalarias también sea desmontado por referentes propios.

    Ahora resulta -comenzó a suceder apenas ganó las Primarias- que los explosivos en el Banco Central son una “metáfora”. Que el plan “motosierra” es otro tanto. Que poder vender libremente órganos humanos es sólo una pieza conceptual. Que los vouchers para que Educación y Salud públicas se arreglen por su cuenta son, con suerte, reformas de segunda o tercera generación jamás aplicables ni de inmediato ni en una primera etapa. Que la portación libre de armas no es un convite específico, ni algo que se ejecutaría a corto plazo.

    En síntesis, no queda ni una sola figura, en los alrededores de Javier Milei, que no rebata, corrija o suavice el núcleo de las propuestas capaces de haberlo llevado a donde está. O acaso nadie atendió a esos planteos, y conquistó ser simplemente un vehículo de la bronca que atraviesa a todas las clases sociales.

    Más aún, son asimismo sus principales economistas (Darío Epstein, Roque Fernández, Carlos Rodríguez, Diana Mondino, Emilio Ocampo) quienes relativizan el costo de “la casta”.

    Saben a la perfección, como Carlos Melconian y equipos subsistentes de la Comandante o Sargento Pato (Fundación Mediterránea, Domingo Cavallo, menemismo reciclado, su ruta), que reducir el gasto público no pasa ni de lejos por la tontería estructural de acabar con privilegios individuales o burocráticos en el Estado.

    Ministerios, organismos, cargos, dietas parlamentarias, choferes, viáticos, secretarías, asesores y demases no mueven el amperímetro de los egresos estatales. Sirven para que “la gente” se indigne creyendo que es por ahí donde se pierde la plata grande. Presupuestariamente, carecen de incidencia alguna.

    Hace unos meses, se dijo en este espacio que cabría contemplar la posibilidad de un Milei asustado de sí mismo. Nadie está en su cabeza para certificarlo, aunque él persista en ignorar el sobresalto que sí rodea a sus ortodoxos.

    Esta semana, con un desparpajo efectivamente digno de alguien que no está en sus cabales, avisó que dolarizaría al precio actual del dólar blue. Lo entremezcló con el dólar contado con liqui, y luego de haber dicho que jamás habló de dolarizar. Increíble, pero dale que va.

    Eso supondría una devaluación estratosférica de la noche a la mañana, con un traslado a precios de magnitud análoga y sin siquiera evaluar -como (le) advierten sus númenes- que sólo podría hacerse con hiperinflación o corralito.

    A Milei no le interesa, se infiere, la sustancia técnica de lo que expele. Anunció disponer de fondos prometidos, de algún ente terrestre o alienígena que no identificó, para conseguir las divisas que solventarían la dolarización.

    El libertario o liberfacho incurre en cualquier disparate y ahí vamos con que lo asombroso, o determinante, es la impunidad masiva de sus afirmaciones. No lo que refutan o previenen sus acompañantes.

    Más allá de que las encuestas estén desvencijadas en sus cálculos electorales, son unánimes en un aspecto verosímil: una gran o inmensa mayoría de los votantes de Milei se muestran persuadidos de que el grueso de sus extremismos son impracticables, incluyendo rechazarlos.

    Significa que, al cabo, repelen lo que votan salvo por el carácter disruptivo del personaje. Es de pura lógica paradojal porque, al fin y al cabo, confían o asimilan que será “la casta” lo que le ponga límites al delirio.

    Eso es lo asombroso.

    Hablamos del candidato al que todos dan por ganador, siendo que no tendría ni gobernadores, ni intendentes, ni mayoría en el Congreso. El potencial puede quitarse porque ya hubo el resultado de las elecciones provinciales, y ni siquiera una sorpresa fenomenal en Santa Fe, Chaco y Mendoza -comicios que se acumulan entre este domingo y los siguientes- modificaría ese pronóstico.

    ¿Pero entonces estamos hablando de que, después de todo, “la gente” no comerá vidrio como para descansar en alguien que no tendrá ni la más mínima correlación de fuerzas favorable a fin de imponer locuras?

    Más o menos, sería la respuesta.

    El “menos” radica en que a Milei no le alcanzará para imponer sus alucinaciones, según advierten quienes lo entornan.

    Su “más” es que valdrá animarse a una aventura porque todos dan lo mismo, de acuerdo con lo demostrado o percibido.

    Hay un hecho tan manifiestamente obvio como, parece, la improbabilidad de afrontarlo.

    Todo es Milei por todas partes.

    Es él quien domina la agenda mediática tradicional, las redes, los foros, las conversaciones, sea para extrañarse, ridiculizarlo, discutirlo a favor o en contra, espantarse, tenerlo en cuenta como opción por descarte y otras redundancias. Vamos: esta columna también le concede su mayor dedicación.

    La obviedad es proporcional a su motivo. Milei ocupa el espacio que no pueden, no saben o no quieren contrarrestarle sus rivales.

    Si es por los cambiemitas es más fácil de entender, porque les copó la amplia franja hacia derecha. No tendrían forma de administrar esa encerrona y menos que menos con una candidata como Bullrich, que saltó del todo o nada a la felicidad existencial con un vocabulario difícilmente superador del centenar de palabras.

    No es el caso de Massa, quien sí se desempeña con eficacia declarativa al margen de estimar que es un ilusionista.

    Su problema es que los precios no le dejan resquicio para colarse convincentemente. Y si lo hallara, ocurre que en la propia coalición oficialista no lo militan, no lo bancan, no le creen, no mueve un pelo. Habrá de verse si la movida de Tucumán modificó eso.

    Es comprensible, desde ya. Pero también es paradójico haber producido “el golpe de palacio”, entronizando a un candidato “competitivo” -se reveló acertado, según las Primarias- para después tirarse a hacer la plancha.

    ¿En qué quedamos?

    Con todas las salvedades y críticas negativas que le correspondan al Gobierno, y con todas las dudas generadas por un Massa que brota como referencia central del espacio panperonista en probable ¿disputa? con Axel Kicillof desde un lugar más ligado a la memoria kirchnerista, está en danza asomarse a un futuro neofascistizante.

    Justamente, fue el gobernador bonaerense quien se animó a decir que es hora de acabar con las melancolías de Perón, Evita, Néstor y Cristina. Que en vez de reclamar con una que sepamos todos, debe componerse otra canción. Una nueva, sin perjuicio de tocar algunos clásicos para los nostalgiosos.

    Tal vez sea cosa de saber segmentar discursos y acciones porque, definitivamente, ya no hay un auditorio totalizador, sino públicos diversos.

    La colega Mariana Moyano lanzó un disparador desafiante, al señalar que los partidos o fuerzas tradicionales siguen departiendo con empleados de la década de los ‘60 y ‘70. Trabajadores en blanco, con aguinaldo, vacaciones, estabilidad. Le hablan al papá de Mafalda y cuando quieren dirigirse a los jóvenes le hablan a ella, que hoy es una señora grande.

    Frente al riesgo que se avecina, mejor será apurarse en concentrar los apoyos porque frente al neofascismo no hay duda posible.

    Fuente: Pagina 12

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