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viernes, 24 septiembre, 2021
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    La mentira infame

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    La identidad de las y los docentes del colectivo LGBTIQ+ pareciera esconderse detrás de los telones de fondo de las instituciones educativas. La mentira infame es el título en español de la película dirigida por William Wyler, que contó con la actuación de Audrey Hepburn, Shirley MacLaine y James Garner. Basada en la obra de teatro homónima (escrita por Lillian Hellman y estrenada en 1934) la versión cinematográfica se estrenó en 1961. ¿De qué viene la historia de la pieza? Una alumna rencorosa, despechada por un castigo que ha recibido, oye por casualidad un comentario y lo utiliza, distorsionándolo ante su abuela, para acusar a ambas profesoras de ser amantes. Esto causa en pocas horas el derrumbe de la institución e impacta en las vidas privadas de las protagonistas.

    Situándonos en cualquier sala de docentes de cualquier escuela, o sus extensiones multimediales, las y los profesionales de la educación comparten no sólo proyectos educativos, sino tramos de sus propias historias. Las pantallas del celular o los estados de algunas redes dan cuenta de hijas e hijos, o mascotas sobre el sillón o aniversarios y cumpleaños. Incluso en conversaciones con estudiantes o en reuniones con las familias lo personal suele colarse en ingenuas preguntas o anécdotas de paso. Se vuelve incómoda la herencia del discurso hegemónico cuando interpela a la maestra con respecto al mandato materno o al compañero matrimonial, como si esposo e hijas o hijos fuesen el desenlace natural del proyecto elegido para el juego de la vida de cualquier maestra.

    El colectivo LGBTIQ+ ha hecho propia la metáfora del armario con un alcance comprendido a fuerza de ocultamiento. Como quien resguarda las tizas de colores o los libros de didáctica o los diseños curriculares para tenerlos sin marcas o heridas de uso, entre esos estantes se protege una identidad disidente de quien supo de la soledad propia de quien se diferencia.

    “Yo me identifico a mí mismo con un colectivo “nosotros” que entonces se contrasta con algún “otro”, señala E. Leach. Mientras María Eugenia Almeida sostiene que “muchas veces pareciera que la pregunta por el otro estuviera invadida por la mismidad de quienes preguntamos. Es decir que en ese intento de construirlo teóricamente, de complejizar, de comprender, el otro no logra emerger, no tiene espacio, o mejor dicho su espacio se diluyó en el nuestro, fue `colonizado”. Aparece siempre la imposición clasificatoria, la división estandarizada, la necesidad de etiquetarnos. Y de esa categorización devienen los agrupamientos y los surcos binarios. Algo hay que ser y debe ser nombrado. Pero cómo sería posible habitar la diferencia como zona “entre”, como opción que puede ser reconocida sin ser limitante. Cómo aceptar nuestra otredad reconociendo en ella una zona viva y en movimiento.

    Salir del armario implica exponer la disidencia, pero a la vez parece requerir de la etiqueta. Podríamos decir que “ser diferente” tiene a su vez sus requisitos. Acceder a algo de una forma reconocible y nombrable. “Vale la pena insistir una vez más en ello: se podría estar utilizando la idea de diferencia como valor (…) Quizá habría que considerar como válida la siguiente posición ética: “en las diferencias no existen sujetos diferentes”. Y es que si hablamos de las diferencias de cuerpo, todos los cuerpos forman parte de ella; si hablamos de las diferencias de aprendizaje, todos los modos de aprender caben en ella; si hablamos de las diferencias de lenguaje, todos los modos de producción y comprensión están allí. Sin embargo, siempre sobreviene una derivación sutil de la diferencia hacia los diferentes, como si no fuéramos capaces de mencionar la diferencia por sí misma, de sujetos anómalos, objetos de permanente corrección” (C. Skliar, 2014, pg 42).

    Las profesoras Martha Dobie y Karen Wright sufrieron las consecuencias de una infame mentira, se expuso una relación amorosa donde no la había, fueron expuestas en una situación privada que no existía. Pero por fuera de la trama de la película citada,  muchas y muchos docentes hemos sido empujados, a fuerza de discursos heteronormativos, a diseñar nuestras propias mentiras, nuestras escenas infames. Hemos abreviado nombre de parejas para esconder géneros, supimos cambiar de tema ante incómodos interrogatorios, pudimos disimular expresiones cuando fue necesario. Seguramente podremos ir abriendo la puerta para dejarnos ver, porque la visibilidad libera, porque la educación transforma. Y porque muchas infancias requieren, en la construcción de su subjetividad, conocer otros modelos, opciones libres, diversas y plurales que verdaderamente habitan las escuelas.

    Fuente Diario Digital Femenino

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