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sábado, 2 julio, 2022
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    Los mandatos de la masculinidad

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    Matías de Stéfano Barbero es doctor en Antropología (UBA). Se dedica a la investigación sobre la intersección entre violencia, género y sexualidad. Es miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social (MasCS) y de la Asociación Pablo Besson, donde integra el equipo de coordinación de grupos para hombres que ejercieron violencia. En esta entrevista profundiza sobre la complejidad de la violencia masculina y todo lo que falta hacer para frenar los femicidios. “Más allá de las políticas de Estado, los propios varones y la sociedad toda nos debemos una reflexión y un debate sobre lo que está pasando”, dice.

    Desde el Instituto de Masculinidades y Cambio Social Stéfano colabora con la Dirección de Masculinidades del Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires y de la Nación, con el apoyo de la Iniciativa Spotlight, y con el Ministerio de Seguridad de Nación en distintas acciones de capacitación e investigación y relevamientos sobre varones y masculinidades en Argentina.

    –¿Qué más hay que hacer con los varones para frenar los femicidios?

    –Creo que, por una parte, es fundamental comenzar por fortalecer las políticas públicas para que sean verdaderamente integrales y transversales, para que todos los actores e instituciones involucrados en ellas trabajen de forma articulada, con precisión y los recursos humanos y materiales necesarios para que su capacidad de respuesta sea la que la situación en la que nos encontramos amerita. Por otra parte, resulta fundamental continuar haciendo capacitaciones en violencia, género y diversidad entre quienes integran los poderes e instituciones del Estado. Más allá de las políticas de Estado, creo que los propios varones y la sociedad toda nos debemos una reflexión y un debate sobre lo que está pasando.

    –¿El abordaje debe separar a los que ejercen violencia del resto de los varones?

    –Creo que sí es necesario que los varones que ejercieron violencia tengan un espacio propio. Lo que no significa que los espacios para varones y masculinidades que trabajan otras cuestiones no deban abordar la violencia. De todas formas, creo que hay algo del mandato de masculinidad que nos afecta en alguna u otra medida a todos. Pongo un ejemplo: Hace días, a partir del femicidio de Úrsula Bahillo, circula en redes una idea vinculada a que todas tienen una amiga violentada, pero ninguno tiene un amigo violento, y remata: no dan las cuentas. Los varones que ejercen violencia, al menos la mayoría de los que entrevisté y que participaron de los grupos que co-coordiné en la Asociación Pablo Besson, consideran su vida afectiva como su vida privada. Es decir, generalmente no hablan de los conflictos que tienen con sus parejas, con nadie, ni siquiera con sus amigos.

    En contra del sentido común, creo que lo que caracteriza las relaciones de los varones que ejercen violencia con sus amigos no es el alardeo, sino el silencio. Muchísimos de ellos dicen en algún momento de los encuentros grupales “es la primera vez que hablo de esto”. ¿Por qué? Porque los varones, generalmente, y esto nos incluye en cierta medida a todos, no nos juntamos a charlar uno a uno o en grupos reducidos. Nos juntamos un poco en masa, generalmente en lugares concurridos, y siempre para hacer otra cosa. Y en esos contextos parece que no da ponerse a hablar de lo que a uno le pasa. Y, por otro lado, no hablamos de lo que nos pasa, porque la información es poder. Y las relaciones entre varones (incluso las de amistad) son también relaciones de poder.

    Muchas veces, hablar de los conflictos de pareja y de las emociones que nos provocan, es una muestra de vulnerabilidad que puede ser usada en nuestra contra y exponernos a la ridiculización y la humillación por parte de nuestros amigos. Repetimos como un mantra el reclamo a los varones para que “digan algo” a sus amigos, para que corten la complicidad. Creo que sería bueno animarnos a “decir algo” a nuestros amigos, sí, pero también sobre cómo nos sentimos con nuestras parejas. Que habilitemos hablar sobre nuestras emociones con nuestros amigos. Que nos atrevamos a mostrar la hilacha. Que mostrarse vulnerable no sea excusa para comerse una gastada y quedar como un boludo.

    –Los femicidios últimos los cometieron pibes muy jóvenes. ¿Por qué?

    –Deberíamos preguntarnos de qué y en qué medida somos conscientes de lo que está pasando. Quiero decir, darse cuenta de que los femicidios son un problema y condenar la violencia de género, es un paso, pero en ¿en qué medida eso va al fondo del problema? Sobre el fondo del problema también hay diagnósticos diferentes.

    Mi experiencia trabajando con varones que ejercieron violencia, que van desde los 18 a los casi 80 años, me lleva a pensar que el de la violencia masculina es un problema muy complejo. Y creo que esa complejidad es difícil de abordar, de entender y transmitir tal y como suele ser abordada por medios como la televisión, o las redes sociales.

    Por poner un ejemplo: generalmente, las campañas sobre el tema tienen imágenes y aforismos muy viralizables, pero tienen una capacidad para complejizar y profundizar más bien limitada. Generalmente se trata de mensajes que prescriben o proscriben, del tipo “hacé esto”, “no hagas esto”, “esto está bien”, “esto está mal”. Ese tipo de mensajes generan una polarización cuyo resultado suele ser que terminamos poniendo la violencia fuera del nosotros, y construimos al “violento” como una otredad caricaturizada (es frío, calculador, dominante, racional, tradicional, anticuado, autoritario, etc.), que pocas veces responde a la realidad.

    En este sentido, creo que quienes trabajamos sobre estas cuestiones tenemos que hacer un esfuerzo por dejar de predicar entre conversos, y empezar a dirigirnos a quienes no parecemos estar interpelando. Creo que para eso tenemos que estar más dispuestos a escuchar que a predicar, y a convencer que a condenar. Me acuerdo de una frase de Rita Segato, que decía que “el hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia”. Sin embargo, insistimos en construir al hombre que ejerce violencia como un sujeto poderoso.

    –¿Qué experiencias de otros países conoce de trabajo con varones que hayan tenido algún impacto positivo?

    –Las evaluaciones sobre el grado de eficacia de los programas de atención a hombres que han ejercido violencia resultan todavía escasas y los datos disponibles no son considerados concluyentes, ya que muestran una gran variabilidad de resultados, en parte vinculada a cuestiones metodológicas. Como es de esperar, el número de casos de reincidencia difiere significativamente de acuerdo con la metodología utilizada para relevarlos: si se consultan informes oficiales la reincidencia parece ser menor que si se pregunta a las parejas de los hombres.

    Lo que sí es posible afirmar, siguiendo lo planteado por Rebecca y Russell Dobash y su equipo, pioneros y referencia mundial en el trabajo con varones que ejercieron violencia, es que las medidas punitivas –externas– atenúan la reincidencia en el corto plazo, pero es la participación en programas y grupos –donde se desarrollan mecanismos internos de reflexión y control– la que ofrece resultados a largo plazo.

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