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domingo, 14 agosto, 2022
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    Relatos para develar y poner frenos

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    La imparable cuenta de los crímenes de género diluye a veces las historias, las tramas, la cultura machista y las complicidades masculinas que operaron para terminar con una vida. Cómo contar lo ocurrido sin reproducir el mensaje femicida que se retroalimenta. Mostrar los hilos, hacer evidente lo invisible, encontrar responsabilidades y evitar el olvido, algunas de las preguntas siempre presentes en los abordajes.

    Por Sonia Tessa

    El Observatorio Ahora que Sí nos Ven contó 55 femicidios del 1° de enero al 7 de marzo de 2021. Hay otras cuentas: El Observatorio Lucía Pérez registró 62. En tanto, La Casa del Encuentro, que hace más de una década lleva esta estadística basada en recortes periodísticos, enumeró 50 femicidios, 1 transfemicidio y 5 femicidios vinculados de varones.

    Hay que contarlos, urge. No son números, son vidas. Y son historias. Que dejaron de estar veladas bajo el manto de los crímenes pasionales -eso es algo que lograron las periodistas feministas- pero muchas veces se cuentan sin develar del todo las tramas que lo hacen posible: complicidades, mecanismos institucionales, la cultura machista, el sistema que permite que sucedan. En la televisión, donde las feministas son muy pocas, la competencia es por el detalle macabro, la música fúnebre, la representación de las víctimas con todo su cuerpo convertido en el mensaje.

    Mientras tanto, cientos de trabajadoras de prensa de todo el país se convierten en las portavoces de los pedidos de justicia, habilitan la palabra de las familias en el espacio público, evidencian las fallas.

    Seguir contando, dejar en evidencia que esos transfemicidios, esos femicidios son por motivos de géneros, dar relevancia a las palabras de amigues, familiares, compañeres de las víctimas. Evitar que la proliferación diluya algunos crímenes, aquellos que no merecen el regodeo mediático. “No venden”, responde con toda impunidad el jefe, el director, el que decide cuáles serán las noticias para presentar.

    No sólo de periodismo están hechos los discursos sociales, aunque vaya si los medios son constructores privilegiados de sentido. Programas de entretenimiento, ficciones en la televisión, pero también –de forma más acotada– documentales, literatura. En 2003, poco antes de morir, Roberto Bolaño terminó 2666, una novela monumental que hacía de la enumeración una potencia: el rescate del nombre, de la historia, de la existencia previa a su feminicidio de cada una de las asesinadas en Ciudad Juárez –en la novela nombrada como Santa Teresa— convierte en insoportable lo naturalizado.

    Contar los femicidios es la única manera de darles relevancia pública, dejar en evidencia su carácter político depende –sobre todo– de cómo se haga.

    El 23 de marzo se podrá ver en el cine Gaumont el documental Algo se enciende, dirigido por Luciana Gentinetta, seleccionada para la competencia oficial del Bafici. La película se centra en la escuela ENAM de Banfield, y en el grupo de amigues y compañeres de Anahí Benítez, la adolescente de 16 años que desapareció el 29 de julio de 2017, cuando salió para ir a caminar. “No sé qué pasó con Anahí, hasta hoy no está develado qué fue lo que sucedió.

    Ella estuvo secuestrada cinco días, no se pudo decir bien qué es lo que sucedió en esos días, más allá de los horrores que sabemos. Me movilizaba que yo no sé qué pasó con Anahí pero sí sé qué pasó en su escuela, porque yo soy egresada de esa escuela y participé”, dice Gentinetta, de 23 años.

    Apenas empieza la película se enuncia que se trata de contar qué hicieron con la tristeza de ese femicidio. “Cuál es este lado B del vacío que deja esa ausencia y correrse de todo lo demás que ya sabemos, el secuestro y demás, pero tratar de recuperar la imagen de Anahí a través de la gente que la rodeaba, y cómo la recuerda”, son algunos de los temas que Gentinetta plantea. Anahí dibujaba, y Vicky, su amiga, muestra a la cámara un dibujo que le regaló para su cumpleaños.

    La chica de 16 años es recuperada desde sus amigues que recuerdan lo compartido, su pasión por el dibujo, la vida cotidiana. “Me interesaba indagar en quién era y cuáles eran las cosas que la conectaban, qué cosas dejó marcadas en sus amigos, yo encontré que Anahí había dejado muchos dibujos, muchas piezas de arte que les hacía a sus amigos, me pareció que era muy importante para hablar el rompecabezas de quién era Anahí”, relata la directora, quien quiso escapar a la cristalización de la víctima en ese lugar. “La idea fue recuperar eso a través del relato de sus mejores amigas, presentarla como una artista. Siempre hay una presentación de la víctima de femicidio y no sos más que víctima”, señala.

    Fuente:https://www.pagina12.com.ar/

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