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jueves, 29 julio, 2021
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    Una historia de humillaciones, opresión y abusos

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    “Me reclutaron en 1997 por medio de un grupo de oración carismática. Tenía 23 años, vivía en Pacheco, provincia de Buenos Aires, y una persona conocida me invitó a una misa de sanación en una iglesia de Vicente López, donde iba Rosa Torino. Por aquellos años yo estaba con una depresión importante. Me ofrecieron vivir en comunidad y, de alguna forma, tener una familia. Yo andaba muy sola. No le encontraba sentido a nada. Pensé varias veces en quitarme la vida. Tener una familia me sonó tentador”, cuenta a Página 12 Valeria Zarza. Tiene 47 años. Y es una de los tres denunciantes del cura Agustín Rosa Torino, fundador de la congregación “Discípulos de Jesús de San Juan Bautista” en Salta en 1986, que comenzó a ser juzgado este viernes por “abuso sexual gravemente ultrajante por la duración y por ser ministro de culto reconocido” contra ella, ex monja, y dos ex novicios. Se trata del primer caso de abuso eclesiástico que llega a juicio en esa provincia. “Es realmente un milagro que hayamos llegado al juicio. Por las influencias, por el poder que tiene, pensé que otra vez nos iban a poner obstáculos. Ya esto es un logro”, dice Valeria, que tuvo que enfrentar una contradenuncia y un juicio después de romper el silencio de denunciar a Rosa Torino. Fue absuelta. En una extensa conversación, Valeria reconstruye aquellos años dentro de la orden religiosa en los que vivió sometida bajo un régimen de control y opresión –el cura hasta les imponía una tela gruesa y calurosa para el hábito y les elegía el tipo de ropa interior– y revela que cuando se quiso ir, la aislaron, la empastillaron y la trataron de “loca” hasta que se pudo escapar.

    Tiene los ojos celestes, cristalinos. El cabello castaño, desordenado, y los labios delgados. Sonríe y trata de recuperar la calma, después de un día cargado de emociones. El viernes estaba previsto que Valeria brindara su testimonio en la primera jornada del juicio. Pero fue tan extensa la declaración del primer testigo, Yair Gyurkovits, que su exposición quedó para otro día. Iba a declarar de manera virtual desde Buenos Aires, donde está viviendo por algunos meses, pero finalmente viajará a Salta para estar presente ante el tribunal.

    Desde que dejó la congregación se refugió en un pueblito de montaña en La Rioja, donde es costurera y pinta. Cuenta que pudo superar los ataques de pánico, el insomnio y la hipervigilancia, que le quedaron como marcas, como respuestas de su cuerpo, a los abusos físicos y psicológicos que vivió en la congregación. Dice que son las mismas secuelas que cuentan otros sobrevivientes que han pasado por situaciones similares en ámbitos eclesiásticos.

    La vida en la congregación

    La reclutaron en 1997. El primer convento en el que vivió, en la ciudad de Salta, estaba en un barrio muy pobre de las afueras de la capital de la provincia. En realidad, la congregación tenía cinco conventos en la ciudad y también casas en distintas localidades, y en México.

    Entre las obligaciones, tenían que hacer una lista de lo que habían comido en una semana. Eso solo pasaba con las mujeres. Si comían dos veces carne, una hermana, que era la mano derecha del cura les decía:

    –Hermana… ¿y la pobreza?

    “Hasta eso teníamos controlado”, recuerda Valeria.

    Ella y las otras novicias vivían en casas sencillas, muy austeras. “Pero la del padre Rosa tenía computadora, máquinas de fotos, tenía televisión, lavarropas, aire acondicionado, ventiladores. Cosas que nosotras no podíamos tener”. Su habitación estaba impecable, porque tenía un monje que le planchaba la ropa y le acomodaba todo, cuenta. “Su alacena, llena de comida, las cosas más ricas que te pudieras imaginar. Era otro mundo”, apunta.

    Las novicias no podían tener libros personales. Todo era comunitario. Los libros de formación estaban en una sola casa. “Una superiora, con autorización de la madre general, te prestaba un libro. Yo me los robaba de la biblioteca. Me ponía debajo de la frazada, con una lucecita, y los leía casi a oscuras. Me desesperaba por leer. Vivían dándonos los documentos de la Iglesia. Eso era lo único que podíamos leer. A mí me aburrían”, relata.

    Tenían hasta la ropa contada. Les decían qué prendas tenían que tener, la lista era: tres pares de medias, cuatro bombachas, dos remeras, dos calzas, y en invierno dos poleras, dos calzas. Si se pasaban, si los superiores veían que en esa casa se estaba adquiriendo más bienes –un saco, una crema que les habían regalado, cosas así–, venía la famosa requisa: revisar absolutamente todo y llevarse lo que no correspondía para volver a la lista original, de la cual no podían pasarse.

    “Al principio vivíamos cantando, misionando de casa en casa, hablando con la gente. Éramos unas treinta chicas y unos cuarenta varones, de entre 16 y veintipico de años, sin contar a los adultos que ya estaban en la congregación. Dábamos charlas, hacíamos retiros espirituales”, dice Valeria. Y cuenta que para convertirte en monja de la congregación tenían que pasar por varias etapas: “Primero hacés la experiencia religiosa, dura unos veinte días; después viene el postulado, de nueve meses a un año; sigue el noviciado, que dura dos años para las mujeres y uno, para los varones. Y después sos hermano o hermana profeso: hacés votos temporales que se renuevan cada año, durante nueve años, de pobreza, castidad y obediencia. Y el quinto escalón es ser profeso perpetuo. A finales de 2001 yo era profesa perpetua, es decir, monja. En el caso de los varones, pueden seguir estudiando y ser diáconos y luego sacerdotes. Cuantos más sacerdotes tiene una congregación, más parroquias y dinero maneja. Rosa llegó a manejar más de cuarenta parroquias”.

    “A veces, pasábamos hambre”

    En otras congregaciones se estudia; en la de Rosa trabajaban. Para él.

    “El voto de pobreza significa que todo lo que te den debés dárselo al superior. Nosotros estábamos entrenados para que la gente nos mantuviera. Íbamos al mercado y nos daban verduras y todo tipo de alimentos. Pero las mejores verduras, las cosas más ricas, iban para Rosa, y después, para los varones. Algunas veces a las hermanas nos daban menos comida, pasábamos hambre y, entonces, asaltábamos la alacena. Después teníamos que confesarnos, nos agarraba una culpa tremenda. Como no teníamos formación, éramos muy manejables. Había jóvenes de la Argentina y del otro país; muchos, desvinculados de sus familias, como yo. Algunos sentían que tenían vocación religiosa, otros encontraban en la congregación techo y comida, un poco de prestigio y algo de educación. Los captábamos en retiros. Eran chicos vulnerables. Vos creías que les hacías un bien porque los acercabas al reino de Dios”, cuenta Valeria.

    Ellas, las mujeres de la congregación tenían que lavar la ropa de los varones, incluso los calzoncillos y las medias. Las monjas limpiaban las casas, buscaban las donaciones de comida. “Los últimos años fue así: los hermanos se dedicaban a predicar, las hermanas, a lo doméstico”, recuerda.

    La ex monja cuenta que en la congregación ella era la única de Buenos Aires. Era muy carismática, por eso el padre Rosa la tenía en un lugar privilegiado. “Me han regalado autos, conseguía escrituras de casas. Nunca me quedé con algo. Siempre pedía donaciones por amor a Cristo. Estaba totalmente ciega”, reconoce.

    Dice Valeria que Rosa necesitaba humillar a las mujeres. Si, por ejemplo, se le ocurría a la medianoche hacer un escrito de espiritualidad, la hermana que era su mano derecha, o ella, tenían que estar sentadas detrás de él hasta que terminara, por si quería un café, un té o un mate cocido. “Tenía ganas de llorar a gritos. Qué desesperación no poder dormir. No sabés el milagro que me parece ahora poder acostarme y dormir cuando tengo sueño. Con él no se podía”, dice Valeria.

    Cuando él se iba a dormir, a las 3, 4 o 5 de la mañana, tenía dos opciones: quedarse en la cocina de la parroquia esperando que fueran las 6 o 6.30 para rezar con los monjes cuando se despertaban, o volver a su casa, bañarse y regresar a las 7, porque tenía que continuar. No había más opción. El cura, en cambio, dormía hasta las 11 o 12.

    Valeria se fue dando cuenta que cuando él supuestamente derramaba espiritualidad y carisma en sus escritos, “en realidad, copiaba, le sacaba algo a San Ignacio, a San Francisco Javier, pedazos del Evangelio, y metía dos palabras de él, pero era una copia total”.

    El cura hasta les imponía la tela para la vestimenta que les obligaba a llevar, incluso de la ropa interior: “Usábamos un hábito sumamente caluroso. Lo diseñaba él. Eran de gabardina alpacuna, una tela muy gruesa, largo hasta los tobillos, y teníamos que usar escapulario doble, por delante y por detrás. Planteamos varias veces que queríamos cambiarlo, pero nos decía que éramos unas rebeldes. Había hermanas a las que les salían hongos detrás de las orejas, porque no podíamos estar con la cabeza descubierta, entonces cuando nos bañábamos, teníamos que ponernos el velo con el pelo mojado. El hábito era signo de penitencia. En cambio, los varones podían andar en remera y bermuda si hacía calor. Ellos usaban el hábito de vez en cuando. Las mujeres no podíamos usar ropa interior de cualquier tipo, solo de algodón y blanca o color cremita, porque si no, decía Rosa, incitábamos a la lujuria. La lycra, según él, causaba excitación”.

    “Nos recetaba clonazepan”

    Valeria cuenta que en 2010, cuando a ella la habían mandado a México, donde la congregación también tiene propiedades, Rosa quiso abusar de ella. Ya había tenido otra situación similar en Salta. Son los hechos que denunció judicialmente en 2016.

    Después de esos episodios quería irse de la congregación. Lloraba mucho. De regreso ya en la Argentina, la mandaron con una psicóloga en la ciudad de Salta, la única a la que podían ir. Ella la derivó con un médico clínico, que era su cuñado. “Él nos recetaba clonazepam y otros medicamentos psiquiátricos. Estaba dopada y dormía mucho. Estaba atontada, con ganas de morir. Los medicamentos me dopaban tanto que me golpeaba y no me daba cuenta. Aparecía con moretones. Así estuve hasta 2014. Me sacaron los apostolados. No me dejaban abrir el correo electrónico. Tenía mucha gente amiga que quería ir a verme al convento y les decían que no estaba. A veces pasaba todo un día sentada en la cocina del padre, como un mueble. No se me ocurría a quién pedirle ayuda. Hasta que mi hermana, que vive en España y estaba por tener un hijo, llamó a mi superiora y le dijo que yo tenía que ir a ayudarla en el último tramo del embarazo”. Ese fue el comienzo de su salvación.

    La dejaron viajar y su hermana y su cuñado se dieron cuenta de que estaba muy medicada, y le dijeron que tenía que dejar esos remedios. Y ahí fue cuando comenzó a sufrir ataques de pánico, tenía tembladeras en el cuerpo. Pero poco a poco fue recuperándose, pudo reflexionar, pensar en lo que le había estaba pasando.

    “Salir de una congregación significa la condena de la vida eterna, eso nos decían. El padre siempre me decía que si me iba, sería maldecida. Estuve en España unos seis meses; durante tres de ellos viví en un convento de clausura, al que me envió mi congregación. La construcción era increíble, del 1600, llena de sótanos, pasadizos y más sótanos. En la parte más alta, tenía una especie de celda con una silla que parecía un inodoro: era el lugar donde, según cuentan las crónicas del convento, metían a las desequilibradas hasta que se les pasara la locura, porque decían que el demonio las había poseído. Yo estuve limpiando ese lugar… sentía el sufrimiento que había ahí adentro, encerrado todavía. Había monjitas muy buenas y otras, muy siniestras, muy ladinas. Ahí empecé a dormir un poquito más. Ya no corría todo el día con un horario que no tenía piedad. Comía bien. Descansaba más. Tenía algo, un mínimo de formación. Me trataban bien, no me humillaban. Me di cuenta de que había otra vida. Ahí me empecé a despertar“, cuenta.

    Regresó a Salta y le dijo a su superiora que quería irse de la congregación. Pero la mandaron a hacer un retiro y la encerraron nueve meses en un convento de monjas, en la provincia de Buenos Aires, donde estuvo nueve meses sin ninguna tarea asignada. “Me puse a acomodar el jardín para hacer algo, lo regaba. La orden era que yo no hiciera nada. Que me volviera loca“, dice.

    Un día salió en bicicleta para ir a misa en la tarde, porque a misa podía ir… “y en un momento me di cuenta de que estaba muy lejos del pueblo. Me dolían las piernas de pedalear tanto. Yo pensaba: “Ya van a venir por mí. Dios va a purificar mis dones y carismas”. Parte de vos grita y parte dice: “No la iglesia, la voluntad de Dios”… y terminé en el campo. Muy lejos. Me acuerdo de que regresé después de misa, 9 menos 5. Pero ellas llegaron después. Inventé que había estado descompuesta y que por eso no había ido a misa. Y me creyeron. Ese día me dije: “Yo me escapo de acá antes de volverme loca”. Y se escapó

    Estuvo 18 años en la congregación.

    Fuente . Página 12

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