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lunes, 26 septiembre, 2022
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    Violencias sutiles y cotidianas: ¿qué son y por qué hay que visibilizar los micromachismos?

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    El término fue propuesto por el psicólogo argentino Luis Bonino en 1991 y describe las sutiles e imperceptibles maniobras y estrategias de ejercicio del poder de dominio masculino en lo cotidiano, que atentan en diversos grados contra la autonomía femenina. Se trata de trucos y manipulaciones con las que los varones intentan imponer sus deseos e intereses, de manera intencional, deliberada y consciente, y otras veces de manera inconsciente, casi sin pensarlo. Sin embargo, que sean “micro”, no los hace menos peligrosos ni violentos.

    Los micromachismos suelen ser comportamientos ejercidos por varones que creen haber abandonado el “machismo duro” de otras generaciones, que se autoperciben como “no machistas”. El problema es que se reproducen por ser parte del propio entramado cultural.

    ¿Recuerdan el iceberg de la violencia, esa figura empleada para referirse a las conductas patriarcales que no suelen emerger a la vista pero sin embargo están presentes, de forma solapada? A los micromachismos los encontramos en la parte más profunda del iceberg, por tal motivo representan las violencias en su grado más sutil, más invisible y naturalizado. Por eso se les dice “micro”, no porque sean pequeños o no generen consecuencias.

    El femicidio, el travesticidio, el transfemicidio y los crímenes de odio son la culminación de la violencia de género, que tiene múltiples manifestaciones previas, como puede verse en el iceberg y los micromachismos son esos que están ocultos, pero no por eso dejan de ser violencia.

    Si en sus formas se alejan de lo explícito, el objetivo y el resultado es el mismo de siempre: la desigualdad y el sometimiento. Rever y tener presente esa imagen del iceberg ayuda a reconocer todas esas violencias más ocultas que atentan cotidianamente contra la autonomía y la vida digna de mujeres y LGBTIQ+.

    Algunos ejemplos muy comunes son los que se pueden ver en muchos hogares, donde las tareas domésticas son realizadas por mujeres y se considera que los varones “ayudan”. O en restaurantes donde se le suele servir el trago más fuerte o la comida más pesada y abundante al varón, a quien luego se le lleva la cuenta. Aquí la persona que atiende la mesa presupone que es él y no ella quien bebe alcohol, come más o provee el dinero para pagar los gastos.

    Los micromachismos son cotidianos y persistentes en el tiempo. Incluyen un amplio abanico de maniobras personales, acciones repetitivas y comportamientos abusivos. A los fines de su mejor comprensión, se los puede dividir en diferentes grupos según su naturaleza:

    UTILITARIOS Tratan de forzar la disponibilidad de las mujeres, aprovechando y explotando la tendencia a hacerse cargo del ámbito doméstico y de cuidado. Se evidencian en el ámbito de la casa, en frases de hombres hacia sus parejas mujeres como: “Cociná vos, que te sale todo mejor que a mí”; “Andá a ver qué le pasa al bebé que no para de llorar, yo no sé ni cómo alzarlo”; la frecuente pregunta ¿dónde está? (que tiene el subtexto: búscamelo y dámelo), sin buscar previamente.

    ENCUBIERTOS Intentan forzar la disminución de la autoestima femenina. Generan una falta de intimidad (silencio, aislamiento y malhumor manipulativo, avaricia de reconocimiento y disponibilidad), niegan lo evidente, utilizan la mentira, la pseudonegociación y la culpabilización a la mujer. Ocultan su objetivo, ahí radica su efectividad. Son casi imperceptibles y se proponen imponer “verdades masculinas” para hacer desaparecer “la voluntad de la mujer”. Por ejemplo: “Pará, dejá que yo lo explico”.

    COERCITIVOS Intentan forzar el repliegue femenino en el uso de su libertad, tiempo, espacio y capacidad de decisión, a través de distintas formas de intromisión y coerción, imponiendo de modo “directo” la lógica de vida masculina. El varón emplea la fuerza moral, psíquica o económica para ejercer su poder y limitar la libertad de la mujer y restringir su capacidad de decisión. Por ejemplo: una mujer consiguió trabajo pero su pareja le dice: “¿Pensás dejar a los chicos todo el día solos con una niñera? ¿Qué clase de madre sos? Cuando crezcan te van a odiar por haberlos abandonado. Si acá no te hace falta nada. Vos hacé lo que quieras, pero estás rompiendo nuestra familia”.

    DE CRISIS Se utilizan en los momentos en los que la relación se desestabiliza y se produce un aumento de poder personal en la mujer (por ejemplo, ante una situación en que tenga un mayor ingreso económico). Estas microviolencias suelen aparecer para poner un freno a la autonomía de la mujer o para no sentirse el hombre dependiente de ella. Es claro, por ejemplo, en el caso de las tareas de cuidado o en los quehaceres del hogar, cuando una mujer le pide al hombre que contribuya con el orden y la limpieza de la casa, y muchas veces recibe como respuesta: “Yo no soy mujer para andar barriendo y planchando”.

    También están aquellos micromachismos que trabajan sobre la idea de que la capacidad de comprensión de la mujer es inferior a la de un varón, como el llamado mansplaining, que es la tendencia de los hombres a explicar las cosas a las mujeres subestimándolas o incluso de manera paternalista y condescendiente, aún si es un tema del que ellas saben más.

    Pero, ¿qué pasa cuando se escuchan estas frases o nos enfrentamos a este tipo de situaciones de manera reiterada? ¿Cómo afectan a una persona a lo largo de su vida? Pueden generar sentimientos de incapacidad, impotencia; agotan emocionalmente, reducen la autoestima, restringen la libertad, limitan los proyectos, solo por nombrar algunas de las consecuencias.

    Hay que tener en claro que este tipo de violencia es una forma de reproducción del poder masculino y patriarcal, y por eso es un problema estructural y no particular. En ese sentido, las violencias por razones de género no se producen y reproducen de manera aislada sino sistemática y estructural.

    La práctica generalizada de estos micromachismos se legitima culturalmente, con lo cual muchos hábitos y comportamientos, se reproducen como actitudes “normales”, por lo que, se ejerce violencias visibles y extremas, que producen un rechazo de la mayor parte de la sociedad y se amparan también en la complicidad, el silencio y los mandatos socialmente establecidos de lo que debería ser un hombre y una mujer. Estas actitudes constituyen esas violencias “bajo el agua”, ocultas, que sostienen a las que flotan y sí se ven claramente, hasta llegar a la cima máxima de la violencia: el femicidio.

    La única manera de hacerles frente y desactivarlos es visibilizando estos comportamientos. Invitando a los varones para que se involucren y accionen, sin esperar que nosotras les ‘enseñemos’, incluido el ejercicio de la autocrítica, poniendo a todas esas conductas en discusión, para que no se sigan reproduciendo. Es decir, comenzar por la base del iceberg.

    *Andrea Lescano es la mamá de Micaela García –víctima de femicidio que dio nombre a la ley 27.499–, es capacitadora en Ley Micaela y presidenta de la Fundación Micaela García “La Negra”.

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