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viernes, 20 mayo, 2022
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    Chimamanda Ngozi Adichie: “La escritura es el amor de mi vida”

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    Traducida a más de 30 idiomas, candidata al Nobel de Literatura, referente contra el racismo y el colonialismo y catapultada a la categoría de icono pop luego de que su charla “Todos deberíamos ser feministas” se viralizara, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977) se desmarca de las lógicas simplificadoras de la época y defiende la esfera autónoma de su obra literaria: “Mis libros de ficción no son ideológicamente feministas. Allí hay mujeres que no son fuertes porque el mundo real es así”.

    Desde su casa en Lagos, al sudoeste de Nigeria, la activista dialogó con Télam por Zoom y abogó por un feminismo que se desmarque de la teoría, abandone las etiquetas y recupere la frescura en las pequeñas historias de mujeres: “Me interesa escucharlas, hablar con ellas, observar su mundo. No me interesa la teoría feminista y en parte es porque puede achatar la experiencia de la gente”.

    Nació en Nigeria, en la aldea de Abba, y es la quinta hija del matrimonio de la etnia igbo entre un profesor de estadística y una secretaria académica; ambos murieron durante la pandemia. Pasó su infancia en la ciudad de Nsukka, sede de la Universidad de Nigeria, y en el seno de esa familia de clase media ilustrada comenzó a leer literatura inglesa y norteamericana a los cinco años.

    A los diecinueve, viajó a Estados Unidos becada para estudiar Comunicación y Ciencias Políticas y, desde entonces, como contadora de historias edifica una obra de ficción en la que los personajes nigerianos se desmarcan de los estereotipos, una apuesta por narrar la diversidad.

    “La flor púrpura”, la novela que escribió a los veintiséis años, fue seleccionada para el Man Booker Prize en 2004. “Medio sol amarillo”, que narra la lucha del pueblo igbo por la independencia en la guerra de Biafra, ganó el Orange Prize 2007 a la Mejor Ficción. En 2013 publicó “Americanah”, que cuenta las experiencias de una estudiante nigeriana que se muda a Estados Unidos y es el bestseller de largo recorrido que cimentó su éxito literario. Publicó “Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo’” en 2016 y en su último libro, “Sobre el duelo”, da cuenta de cómo llevó la muerte de su padre.

    Junto a autores de la talla de Haruki Murakami, Jamaïca Kincaid, Michel Houellebecq y Margaret Atwood, el año pasado sonó entre los candidatos al Nobel.

     

    Pero fue “Todos deberíamos ser feministas”, la charla TED de 2015 que se viralizó como uno de los manifiestos feministas más interesantes de la época y que Beyoncé sampleó en su canción “Flawless”, la que la convirtió en una portavoz didáctica, fresca y refinada que logra que el mensaje de igualdad trascienda las fronteras. En Nigeria, muchos la acusan de traicionar su cultura por autodenominarse “feminista”, algo que consideran parte del imaginario blanco y europeo. Desde entonces, a ella le gusta definirse como una “feminista negra, feliz y africana” y reparte sus días entre la escritura, la vida académica y la crianza de su hija entre los dos continentes.

    Una charla de Lagos a Buenos Aires

    Chimamanda, usted vive entre Nigeria y Estados Unidos. ¿Cómo cambió la vida de las mujeres en estos países durante la pandemia?

    -La pandemia puso de relieve las líneas que ya sabíamos que existían. La mayoría de los puestos de trabajo que se perdieron, los perdieron las mujeres. Sin importar la clase social, incluso las mujeres que antes tenían ayuda doméstica se encontraron haciendo gran parte del trabajo doméstico. Además, los casos de violencia machista aumentaron exponencialmente. Pasaron muchas cosas en el mundo, todos nos vimos afectados, tanto hombres como mujeres, pero las mujeres sufrieron más porque vivimos en un mundo dominado por hombres y simplemente por eso terminamos sufriendo más.

    -¿Deberíamos repensar el feminismo en este contexto?

    -¡No! No veo por qué deberíamos repensarlo. Sí creo que es importante hablar de qué es el feminismo y de cuál es su objetivo porque especialmente en Occidente la palabra “feminismo” se ha vuelto pesada, se la malinterpreta y se la carga con todo tipo de estereotipos negativos. Por ejemplo, cuando yo todavía no hablaba de feminismo, era conocida solo como escritora. Soy escritora de ficción porque lo que más me gusta hacer es leer y escribir. Quisiera no tener que hablar de feminismo, preferiría hablar de literatura y de poesía pero hay un problema muy grande en el mundo y soy una persona pública, así que elijo hablar de esto. Ni bien empecé a hablar de feminismo me volví “polémica” en Nigeria. Todavía vivimos en un mundo donde una mujer que alza la voz para hablar de cómo somos excluidas y oprimidas automáticamente pasa a ser “polémica”. La pregunta es por qué. La gente se siente muy incómoda cuando las mujeres hablamos de las formas en que somos oprimidas y excluidas.

    -Su padre falleció durante la pandemia, no pudo despedirlo y en “Sobre el Duelo”, su último libro, decidió abordar el tema. ¿Qué rol cumple la escritura en los momentos difíciles?

    -La escritura es el amor de mi vida. Nací para escribir. Cuando se murió mi papá, mi vida cambió para siempre: sentí que me convertía en otra persona, me transformó el duelo. Entonces, empecé a escribir para intentar encontrarle un sentido a eso. Cuando experimentás un duelo, sentís muchas cosas: estás confundida, asustada, enojada, triste, culpable, perdida. Aparecen todos estos sentimientos y te cuestionás lo que sentís. El duelo es una mezcla muy compleja de emociones y yo no estaba preparada. Escribir fue mi forma para encontrar un sentido y también de honrar a mi papá. Cuando amamos a alguien profundamente, y yo amaba a mi papá profundamente, la escritura puede ser una forma de conmemorar ese amor.

     

    -Hace un año, las mujeres en la Argentina ganaron el derecho al aborto, tras años de debates y manifestaciones. ¿Las luchas en el mundo nos unen? ¿Funcionan como espejos?

    -Sí. Una cosa que aprendí es que existen diferencias culturales, de clase, raciales, pero también hay una realidad femenina universal. Hablando con mujeres de distintas partes del mundo he notado que las historias son parecidas. Tiene que ver con la forma en que las diferentes culturas manejan el tema del cuerpo de las mujeres. Lo hacen de forma diferente, pero el rasgo común es que todas encuentran formas para controlarlo. Vos me decís esto de Argentina…

    En muchos lugares del mundo el aborto sigue siendo ilegal. En Nigeria es ilegal. En muchos países latinoamericanos las mujeres se siguen muriendo. La cuestión de fondo es si se considera a la mujer como un ser humano completo. Respeto a las personas que están en contra del aborto, siempre y cuando esa objeción sea solo para sí mismas. Y por otra parte, en todo el mundo son las mujeres las que renuncian a sus sueños y reciben elogios si se sacrifican. Desde chicas, nos enseñan que nuestra capacidad de amar se mide por nuestra capacidad de sacrificar nuestros deseos. El amor debe ser dar y recibir. Si dos personas se aman, las dos deberían poder hacer sacrificios. Por otra parte, muchas veces hablamos de que las mujeres no ocupan posiciones de poder político y económico en distintas partes del mundo y eso es verdad, pero hay cuestiones culturales que hacen difícil que las mujeres lleguemos. Una amiga de Lagos me dijo: “No se trata solo de llegar a la sala de reuniones. El dormitorio impacta en la sala de reuniones”.

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