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sábado, 3 diciembre, 2022
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    El Brasil que deja Bolsonaro: más pobreza, empleo precario y violencia

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    Largas filas de personas esperando recibir huesos de carne afuera de las carnicerías en Río de Janeiro o Cuiabá (Mato Grosso), como también en ciudades del nordeste pobre: esa es la imagen del hambre en Brasil gobernado cuatro años por Jair Bolsonaro (2018-2022) y dos por Michel Temer. Treinta y tres millones de personas no tienen qué comer todos los días en un país que había salido del mapa del hambre en 2014, tras las presidencias de Lula da Silva (2003-2010) y el primer mandato de Dilma Rousseff.

    La situación llegó al paroxismo en la pandemia, en medio de un gobierno negacionista del virus que demoró la compra de vacunas. Con 700.000 muertos, Brasil es hoy el segundo país de América Latina en fallecidos por Covid en relación a su cantidad de habitantes, detrás de Perú. Un gobierno montado sobre un discurso de ultraderecha que irradia odio y discriminación deja un país más desigual y violento.

    Brasil es uno de los mayores productores del alimentos del mundo y, paradójicamente, el hambre es el asunto más urgente, ya que el Estado no ha intervenido en los últimos años para combatir la pobreza estructural. Gilberto Maringoni, profesor de la Universidad Federal de ABC, señala a PáginaI12 que la cuestión social es el principal desafío del próximo gobierno, un lastre de las políticas neoliberales. “Antes había stocks gubernamentales de alimentos. Con Temer y Bolsonaro se privatizaron los almacenes o stocks del Estado con alimentos básicos, que buscaban bajar los precios. Hoy el Estado no interviene ante un alza de precios de la canasta básica. Si bien la inflación es del 6 %, es diferenciada: por ejemplo la inflación de la carne es del 19 %. El problema más serio es la carestía de alimento. El hambre, la miseria, personas viviendo en carpas como en campos de refugiados es una realidad de seis años para acá. Es necesario reactivar la economía en el área productiva”.

    Las principales preocupaciones de los 212 millones de habitantes se centran en la inflación, el empleo y la salud. Durante el segundo gobierno de Dilma Rousseff, se llevó a cabo un ajuste fiscal y el desempleo pasó, en 15 meses, de 5,5 % a 11,6 %. Luego, Temer, el vicepresidente que apoyó el impeachment y la sucedió en el Planalto, implementó una reforma laboral que hizo retroceder derechos de los trabajadores conquistados en 1943. Bolsonaro continuó en esa senda. Hoy los empleos que se crean son precarizados y los salarios, muy bajos; se amplió la brecha entre las élites y los sectores de menores recursos.

    Según Maringoni, se puede generar empleo con obras de infraestructura, que se han paralizado. “En el último periodo fue la inversión estatal más baja de los últimos 50 años, hubo recortes del gasto y se paralizaron obras de infraestructura, como lineas de trenes, puentes y mantenimiento. Hay un 10 % de desocupación, pero el empleo informal es alto: de los 108 millones de la población económicamente activa, sólo 34,5 millones tienen trabajos registrados”.

    A este contexto, la covid-19 fue detonante de un drama mucho mayor. Como señala Fabio Luis Barbosa dos Santos en el libro Brasil autofágico: “la pandemia puede verse como un acelerador de partículas del bolsonarismo, que encontró en la crisis sanitaria una puerta abierta para su laboratorio del mal social. En Brasil se coronó un conjunto de discursos, comportamientos y prácticas impensables, inconfesables y extremos. El Estado militó para normalizar las muertes masivas”. Bolsonaro llamando a tomar cloroquina, a no usar el tapaboca, demorando las vacunas, minimizando la muerte de 680 mil personas. El discurso negacionista trajo en sí mismo la defensa de un Estado mínimo y el desprecio por la vida.

    El bolsonarismo y los medios de derecha de América Latina se lanzaron a difundir en el último mes que el gobernante de ultraderecha termina su mandato con éxito económico. La proyección oficial del PBI es de 2,7% de crecimiento en 2022. “Muy bajo después de tantos años de recesión”, dice Maringoni. En efecto, el PBI se encuentra todavía por debajo del inicio del proceso de caída que comenzó durante el gobierno de Dilma y se aceleró con Temer y la pandemia.

    El presidente brasileño es un defensor de la ortodoxia. Ello no impidió que en este año electoral multiplicara la Bolsa Auxilio, que reemplazó a la Bolsa Familia creada por Lula hasta llegar a los 600 reales (120 dólares).

    Con todo, la irradiación de intolerancia y agresividad hacia candidatos y referentes de la izquierda se agravó durante la campaña. Amenazas de muerte a políticos como Manuela D´Ávila y el asesinato de al menos dos simpatizantes del PT de cara a la primera vuelta electoral, fueron el corolario de un dispositivo del odio desplegado con falsas noticias, desinformación y ataques individualizados.

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