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martes, 28 mayo, 2024
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    Las dos principales causas de la inflación permanecen ocultas

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    La reciente prohibición a la exportación de carnes por 30 días marca un cambio en la política económica gubernamental que por previsible no deja de ser importante. Hasta ahora se podía deducir que el Gobierno se tomaba con relativa calma la suba en la tasas de inflación. Podían aducirse efectos estacionales, la relación de las medidas restrictivas de la cuarentena de 2020, factor que implica el progresivo descongelamiento de muchos precios, la recomposición de algunas tarifas públicas y también muchos otros factores más. Por eso mismo el Gobierno parecía tomarse con una medida importante de resignación la suba en el nivel general de precios cuyo avance por encima del 4% mensual lo tomó inicialmente por sorpresa.

    Ahora, con índices de precios al consumidor por encima del 4% mensual en cuatro de los últimos cinco meses y con el índice “core” amenazando llegar al 5% mensual parecen haber sonado las alarmas en muchos despachos oficiales y aparentemente hay una decisión de ponerse manos a la obra en la lucha contra la inflación. La intención es claramente positiva: hay una decisión de bajar el incremento del nivel de precios a niveles más razonables que antes no existía. El problema es que -como dice el refrán- el camino al infierno suele estar empedrado de buenas intenciones. No es necesario explicar por qué la reciente medida acerca de las exportaciones de carnes y las que se sospecha que pueden llegar a producirse con las exportaciones de otra serie de productos son no solo perjudiciales sino también riesgosas.

    Todos en Argentina -con el Gobierno incluido conocemos lo perjudicial que suele ser dañar la rentabilidad de los sectores exportadores en un país martirizado por niveles de deuda que desde la izquierda más acérrima hasta la derecha más recalcitrante consideran que es impagable si no se producen cambios que permitan o bien acumular dólares genuinos del superávit comercial entre el sector privado y el Estado o bien regenerar un abundante flujo de crédito externo al país que permita renovar una parte sustancial de vencimientos. Más aún, es necesario que ambos factores se den de manera simultánea de aquí a pocos años o nuevamente nos veremos en la obligación -lamentablemente- de explicarle la situación a los acreedores de por qué el país no puede honrar sus compromisos.

    Decimos en forma simultánea porque el crédito externo no va a reaparecer sin un superávit comercial al menos tan abultado como el actual porque de otra manera los potenciales prestamistas de dólares se pondrían lo suficientemente nerviosos como para seguir sin prestarle al país. Por lo tanto, tomar medidas como la prohibición temporal a exportar carnes no solo preocupan al sector aludido, sino que también aleja potenciales compradores de bonos argentinos, los cuales el país necesita regenerar cuanto antes para volver a obtener ese crédito externo que ni siquiera asoma.

    Cae de maduro entonces que este tipo de medidas que podría abarcar también a otros productos en breve, solo pueden ser encaradas como un paliativo temporario a la inflación. Y no solo sería una cuestión temporaria por el factor crediticio señalado, sino también porque ni siquiera se trata de una herramienta adecuada para luchar contra la misma. Más bien parece que la eventual serie de medidas que la prohibición de exportar carnes inaugura, va destinada a provocar una cierta reaparición en las mesas más humildes de los productos cárnicos que a una lucha contra la inflación. Todo el variado material de la teoría económica va contra este tipo de medidas como herramental antinflacionario y los economistas del gobierno no lo desconocen.

    Por lo tanto resulta bastante obvio que quienes comandan la economía más tarde o más temprano estarán elaborando un programa económico para luchar contra la inflación de manera más adecuada. Al respecto, por lo visto hasta el momento pareciera que la idea del ministro Guzmán es intentar bajar la inflación mediante un retraso en el tipo de cambio en el marco de una situación monetaria y fiscal lo más ordenada posible. En este punto, convendría que alguien se le acerque al ministro Guzmán y le explique que en Argentina ese tipo de esquemas -se trata de algo mucho más módico que un programa económico- jamás ha funcionado. Por lo contrario ha desembocado en duras crisis.

    El ejemplo más reciente, sin ir más lejos, fue el intento del primer equipo económico del expresidente Macri, el cual trató simplemente de contener lo más posible la situación fiscal en el marco de una flotación cambiaria simultánea a un proceso de ingreso de capitales. Obsérvese la coincidencia: cierto orden fiscal, mientras se retrasa el tipo de cambio. ¿Le suena conocido al lector? No es necesario tener la bola de cristal para predecir que si Guzmán persiste en este rumbo se va a topar con muchos más problemas de los que pretende solucionar. Y a la vez va a empezar a percibir que la carga del matafuegos que constituyen estas medidas restrictivas de las exportaciones empiezan a desaparecer justo en el momento en el que las llamas de las presiones inflacionarias se reavivan.

    Cae de maduro entonces que la economía se dirige de aquí a menos de un año a la implementación de un serio programa antinflacionario. Poco importa que desde todo tipo de despachos oficiales se abjure de los planes de estabilización, se reniegue de ellos o se intente aplicar medidas de uso coyuntural como lo son las recientes relativas a las carnes. La realidad siempre termina avasallando a las palabras que antes intentaron negarla. Podríamos elaborar una lista inacabable de episodios de este tipo en la economía argentina en los que se suele negar -la mayoría de las veces de buena fe pero con escasa fortuna- lo que después termina imponiéndose por imperio de las circunstancias.

    Por eso, antes de que en el Gobierno se sienten a la mesa a ensayar los primeros -siempre casuales e involuntarios- brainstormings acerca de qué medidas conjuntas considerar -quiérase o no llamarlo asi: un plan- lo mejor es empezar por identificar algunos de los factores por los cuales la inflación ha empezado a subir del ya lejano nivel apenas superior al 1% mensual de hace un año al peligroso 5% mensual al que se acerca la inflación “núcleo” ahora.

    Al respecto, no vamos a detenernos en el tema propiamente fiscal porque es una verdad demasiado obvia y equivaldría a aseverar que la inflación es un fenómeno monetario, cuestión trivial porque la inflación siempre se expresa en términos de una moneda. Vayamos entonces a algunas cuestiones que no son tan obvias y qué pueden estar incidiendo tanto o más que el déficit fiscal primario en elevar el nivel de precios. Narraremos aquí dos de ellas.

    En primer lugar, la inercia inflacionaria. En niveles relativamente bajos de inflación la inercia inflacionaria es un factor insignificante. Pero en niveles de inflación como el que en Argentina padecemos la inercia inflacionaria puede ser el factor primordial. En otras palabras, con un déficit fiscal de X % del PBI -o sea cualquier nivel usual de déficit- puede tenerse tanto una inflación del 20% anual, el 30% o el 50% anual. Lo que va a marcar cual es el real guarismo final es el grado de inercia inflacionaria. Puede darse el caso de dos años consecutivos en los cuales el déficit fiscal es exactamente el mismo en términos de PBI, y toparse uno con la sorpresa de que en el segundo de ellos la inflación fue 10%, 20% o incluso más, más alta que el primer año. El hecho que termina determinando el nivel final es la inercia inflacionaria.

    En tal sentido, haber mantenido las tasas de interés invariantes durante un año a pesar de que la teoría lo desaconseja tiene bastante lógica desde el punto de vista de cortar uno de los principales mecanismos transmisores de la inercia inflacionaria. Pero aún así -y acá viene el segundo factor a tener en cuenta- el déficit cuasifiscal del Banco Central equivale hoy ya a unos $ 100.000 millones al mes y sigue en aumento. Entiéndase bien la magnitud de lo que estamos hablando: toda la emisión monetaria realizada en todo lo que va del año para financiar al Tesoro hasta el momento fue $ 190.000 millones por todo concepto, y muchos se rasgan las vestiduras al respecto. Y acá estamos hablando de $ 100.000 millones por mes. O sea, ya estamos cerca de $ 500.000 en el año.

    El primer factor se conecta con el segundo pero solo hasta cierto punto precisamente porque el Banco Central dejó las tasas invariantes. De otra manera el déficit cuasifiscal sería bastante más alto aún. De nada sirve intentar eliminar este déficit absorbiéndolo del sistema financiero con instrumentos como Leliq o pases porque lo que importa a fin de determinar la tasa de inflación es el crecimiento de los agregados monetarios (M1 y M3) y no el de la base monetaria. Si Argentina padeció dos hiperinflaciones en 1989-1990 fue porque quienes diseñaban la política económica y monetaria en aquel momento nunca lo advirtieron. La puerta de entrada al saludable braisntorming que las autoridades quizás deberían comenzar sin demora debe empezar por estos dos factores, antes de avanzar a otros campos.

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