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lunes, 27 septiembre, 2021
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    Simone Biles, lo que los hombres solo pueden soñar

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    Simone Biles es la mujer perfecta, la persona que todos querían ser. Deportista y ciudadana. Una revolución de 1,45 metros de altura de músculos esculpidos en piedra, tan duros, tan perfectos. Alegre, combativa, valiente, comprometida, velocidad, glamour, encanto, potencia y capacidad kinestésica única: un sentido que le permite saber, a ciegas, en el aire, dónde está el suelo, dónde está el techo, que hasta los gatos, si pudieran, envidiarían. Pero la envidian los hombres.

    • Simone Biles vuelve a asombrar con un nuevo salto en su regreso a la competición

    “Imagina a una mujer que bajara de los 10s en los 100 metros, una marca solo al alcance de los mejores velocistas del mundo. El mundo se pararía”, dice Pablo Carriles, antes que entrenador y juez internacional con experiencia en varios Juegos Olímpicos, un apasionado de la gimnasia. “Pues esa mujer, en la gimnasia, es Simone Biles”.

    Pocos gimnastas de pelo en pecho son capaces siquiera de intentar hacer lo que ella hace con una facilidad que desmaya. Portada de modelo glamour en la revista Glamour, donde le canta a la vida. En Instagram pone fotos de pizzas, alimento que da escalofríos a los nutricionistas, de sus novios, y posa en bañador y con unos leotardos con unas cabritas brillantes en la costura. Goat (cabra) es la palabra que se usa en inglés para designar a la más grande, ‘the greatest of all time’, y una cabra haciendo una cabriola con un conjunto de gimnasia rojo y una medalla de oro al cuello es el emoticono que le ha dedicado Twitter a ella, a la más grande.

    Desafía a Nike y derrota al gigante del armamento deportivo; desafía a la federación estadounidense de gimnasia, que, culpable siempre de cobardía, se retira de la pelea pidiendo disculpas. Dejó Nike para fichar por Athleta, la marca de ropa de actividad física para mujeres del emporio Gap, siguiendo la vía de la pionera Allyson Felix, la atleta de California que denunció a la marca de zapatillas mágicas de Oregón por dejarle de pagar los meses en los que no compitió por ser madre, y se fue a Athleta, que financiará la gira del espectáculo de gimnasia que organizará Biles por medio Estados Unidos después de los Juegos, una gira que antes suponía una importante fuente de ingresos para una federación sin crédito. Las dos mujeres negras más admiradas del deporte estadounidense, las representantes del nuevo poder de la mujer, sin miedo.

    En 2016, cuando tenía 19 años, Biles fue la reina de Río, con cuatro medallas de oro y una de bronce. Equipos, concurso completo, salto y suelo. Solo falló en la barra de equilibrio, tercera.

    Al volver a su casa de Texas, donde la entrena el matrimonio francés de Laurent Landi y Cecile Canqueteau, estalló el escándalo Nassar, el médico del equipo olímpico de gimnasia condenado a más de 200 años de cárcel por abusar de decenas de gimnastas menores durante años. Biles fue una de ellas. La reacción tibia de la federación, que protegió a Nassar aun sospechando lo que hacía, provocó más que nada la reacción rebelde de Biles.

    Cinco años más tarde, la gimnasta está tan bien, tan fuerte, que se podría decir que está más fuerte que nunca, más dueña del mundo. Tiene 24 años, una edad a la que las gimnastas de entonces, muñequitas frágiles, maltratadas por entrenadores que convertían el dolor en bien necesario y obligatorio, y, pese a todo, sonrientes, niñas siempre, ya hacía años que se habían retirado: Nadia Comaneci fue la diosa de Montreal 1976, a los 14 años; a los 18, en los Juegos de Moscú 80, ya era una veterana. Si gana de nuevo en Tokio el concurso completo, al menos, igualará a la checa Vera Caslavska, campeona olímpica en Tokio 64 y México 68, la única que en la historia ha repetido título y, a su manera, una Biles. Caslavska ganó su primer título olímpico a los 22 años, y el segundo llegó cuando su Checoslovaquia vivía la represión de la Primavera de Praga y la invasión soviética en agosto del 68. Caslavska, una de las firmantes de la Carta de los 2.000 que denunciaba la injerencia soviética, debió esconderse en el bosque. Durante tres semanas se entrenó en las ramas de los árboles y haciendo ejercicios de suelo en las praderas. Después, le permitieron ir a México, donde fue la reina. Ganó y se casó de blanco en la embajada checa en Ciudad de México, la gran boda olímpica, con el atleta de 1.500m Josef Odiozil.

    Biles no habla de matrimonio, sino de poder. A la gimnasia femenina de potencia y fuerza que se desarrolló desde los 90, Biles le ha añadido unas acrobacias que solo ella es capaz de ejecutar. Así el Yurchenko con doble salto hacia atrás en carpa (doblada por la cintura en ángulo recto, las piernas rectas sujetadas por las manos en los muslos) después de elevarse en el aire propulsada por sus brazos hasta 2,62m, se diría que buscando el techo, con el que saltó el potro en los recientes campeonatos de Estados Unidos y que quiere estrenar internacionalmente en Tokio. Los jueces le dieron un valor bajo intencionadamente, pero no por su baja dificultad, antes al contrario. “Si le das mucho valor, Biles se sale. Nadie puede hacerlo, y es tan arriesgado y peligroso que muchas gimnastas intentarían hacerlo, porque aunque se cayeran tendrían una puntuación alta, les compensaría. Y sería un peligro”, explica Carriles. “La diferencia es tan grande con las demás… Es casi humillante. Ella está sola, en otro mundo”.

    Las consideraciones chocan con el sentido de la justicia de la gimnasta, con la consciencia de su poder. “Lo seguiré haciendo aunque no puntúe mucho”, dice. “¿Por qué? Porque puedo”.

     

    Fuente: https://elpais.com/

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